Qué es Orientación Bíblica?

La misión de anunciar la Palabra de Dios es un cometido de todos los discípulos de Jesucristo, como consecuencia de su bautismo.

Introducción a la Biblia

La Palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre...

Hermanos Menores Capuchinos

Nuestro padre San Francisco vivió el Evangelio con sencillez y radicalidad, y así quiso que lo hicieran sus hermanos y seguidores.

San Francisco de Asís y el Evangelio

La Regla es el libro de la vida, esperanza de salvación, médula del Evangelio, camino de perfección, llave del paraíso, pacto de alianza eterna.

Entender la Biblia un placer a su alcance

La Biblia contiene preciosas verdades procedentes de Dios. Nos dice cuál es el propósito de la vida, la causa del sufrimiento humano y lo que le espera a la humanidad.

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lunes, 13 de julio de 2015

EL RIESGO DE CREER

UNA MUJER QUE SE ARRIESGÓ A CREER
Hno. Jesús Ma. Bezunartea
Efectivamente, Nicodemo no quiso arriesgarse. Y todos sabemos que en nuestra historia los grandes personajes que admiramos se han enfrentado a grandes riesgos. Se arriesgó Abraham, se arriesgó Moisés, se arriesgó Jesús de Nazareth, se arriesgó San Francisco de Asís así como san Francisco Javier, se arriesgó Ghandi y se arriesgó la Madre Teresa de Calcuta, se arriesgó Colón igual que Hernán Cortés, se arriesgó el cura Hidalgo y se arriesgó Cristóbal de las Casas y la lista se haría interminable. Y en el caso que nos va a ocupar en los próximos minutos de lectura vemos cómo se arriesga una mujer samaritana, cuyo nombre no conocemos, pero que es el símbolo de quien se quiere arriesgar en el campo de los valores espirituales o de la fe.
Tan real es el riesgo en la vida que Jesús nos invita a probar que su primer discurso comienza con ocho bienaventuranzas, que son precisamente ocho bendiciones, como muchos las entienden, tampoco son ocho paradojas misteriosas, sino más bien son ocho riesgos u ocho aventuras, pues así comienza la enunciación tradicional de las mismas: bien aventurados…Por supuesto que Jesús es tan consciente de que su programa de vida encierra riesgos y aventuras por el reino de los cielos, que muchas de sus propuestas comienzan por una invitación o una condición: “si alguno quiere ser mi discípulo…”, “quien no esté dispuesto a renunciar a todo…”, etc.
Dicen que los jóvenes de hoy no son muy amantes de riesgos; que han vivido una historia en la que los sistemas socio políticos y económicos los han confrontado con muchas promesas que no se han cumplido y, por otra parte, la técnica los ha familiarizado con lo fácil y lo caduco.
Pues resulta que un día que Jesús andaba por tierra de samaritanos llegó a beber al pozo de Jacob y se quedó solo un rato mientras los apóstoles se fueron al pueblo de Sicar a darse un paseo y comprar algo para comer. Mientras esto pasa, una mujer llega al pozo a sacer agua y Jesús, como no tenía con qué sacar agua del pozo, se atreve a pedirle agua. Y que la mujer le responde que cómo se atreve a hablarle siendo judío y ella samaritana. Y aquí se entabla el diálogo, que sólo san Juan nos lo cuenta:
“Le respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.
La mujer le dijo: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo. ¿De dónde, pues, tienes el agua viva?
¿Acaso eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del cual bebieron él, sus hijos y sus ganados?
Respondió Jesús y le dijo: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.
La mujer le dijo: Señor, dame esa agua, para que no tenga yo sed, ni venga aquí a sacarla.
Jesús le dijo: Ve, llama a tu marido, y ven acá.
Respondió la mujer y dijo: No tengo marido. Jesús le dijo: Bien has dicho: No tengo marido; porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido; esto has dicho con verdad.
Le dijo la mujer: Señor, me parece que tú eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén es el lugar donde se debe adorar.
Jesús le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre. Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren.
Le dijo la mujer: Sé que ha de venir el Mesías, llamado el Cristo; cuando él venga nos declarará todas las cosas.
Jesús le dijo: Yo soy, el que habla contigo”
En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con ella?
Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:
Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Juan 4, 1-42).
Resumiendo; ante todo, la mujer se arriesga a entablar conversación con un hombre judío desconocido; también se atreve a pedirle del agua que él le ofrece; se atreve a contarle algo de su vida personal; le comparte algo de su fe y de su esperanza religiosas y, por fin, se arriesga a ir al pueblo y contar a los demás que se ha encontrado con alguien que parece que es el Mesías. Y esta gente, que en la opinión de los judíos eran cismáticos y herejes, le invitan a Jesús a quedarse con ellos unos días para que les hable y comparta su mensaje de manera que muchos creyeron en él.
Ni la mujer, con una vida bastante problemática – descontenta de tener que ir a sacar agua, que ha tenido cinco maridos y el que tiene es su amante- ni los demás habitantes del pueblo se resisten a creer en la propuesta de Jesús. ¿Por qué? No tienen intereses personales que proteger como Nicodemo, son de la gente sencilla de corazón que esperan que se cumplan las promesas. Son gente que tienen un espacio en su corazón para llenarlo de Dios; no son autosuficientes; saben dejar a Dios ser su Dios, y su esperanza y sencillez de corazón les capacitan para dar el paso de creer en Jesús y beber el agua que él les ofrece, agua que les dará la vida eterna: la vida que te hace sentir pleno, satisfecho, en paz, con capacidad de compartir con los demás lo que has recibido.
Piensa, ¿qué riesgos supone para ti poder beber del agua que Jesús te ofrece? Sé valiente, fíate de él, no tengas miedo a perder, pues lo que parezca que pierdes te lo repondrá él con creces.

domingo, 12 de julio de 2015

ENTRE SER O NO SER


¿SIMPATIZAMOS CON NICODEMO?

Hno. Jesús Ma. Bezunartea

 

Quizá algunos de los lectores no tengan claro el caso de Nicodemo. Lo explicaré brevemente.  Nos lo cuenta el evangelio de san Juan en el capítulo 3. Nos dice que era un magistrado judío, que tenía curiosidad por conocer personalmente a Jesús. Sin embargo, tenía miedo en ser descubierto; así que hizo una cita con él al anochecer. No tenemos detalles sobre el lugar de la cita, que al parecer no fue muy larga, ya que tanto él como Jesús fueron pronto al grano del asunto y cada uno de ellos se dio cuenta de que no tenían mucho que hablar, ya que cada uno tenía las ideas clara sobre el tema a tratar.

 

Nicodemo como magistrado tenía buen conocimiento de las Escrituras   y particularmente del tema jurídico de la ley mosaica. Jesús conocía también el modo de pensar de esta gente religiosa y sabía que había poco que discutir o dialogar con él, así que, para no perder tiempo, se lo dijo de una vez: “Nicodemo, si quieres entenderme y entender mi doctrina, tienes que nacer de nuevo. Escúchame bien y trata de no poner objeciones. Para participar en el misterio del Reino de los cielos que yo estoy proclamando, tienes que nacer del Espíritu y del agua”. Pero Nicodemo se sobresaltó al oír que “tenía que nacer de nuevo”, y se atrevió a preguntar: “A ver, ¿cómo puede un hombre ya viejo nacer de nuevo?”. Y Jesús le respondió más directo todavía: “Pues, ¿qué, tú eres maestro en Israel y no entiendes? Pues, fíjate, que si no quieres entenderlo, no lo vas a entender, pues es algo así como el fenómeno del viento, lo sientes, pero no sabes de dónde viene y a dónde va”.

 

Hubo un silencio tenso entre ambos y Nicodemo, pensativo, se dio media vuelta y se despidió cortésmente. Jesús se encogió de hombros y cortésmente también lo despidió: “Hasta que quieras, Nicodemo, buenas noches, Shalom”.

 

El encuentro de Jesús con Nicodemo fue, aparentemente, un fracaso pues no hubo una reacción de encuentro personal. Sin embargo, Nicodemo aparece al final de la historia de Jesús para darle sepultura junto con José de Arimatea. Años después saldrá en defensa de los apóstoles Pedro y Juan, cuando son arrestados y van a ser encerrados a la prisión. Pero, lo importante de este encuentro es la actitud inflexible de Jesús y la falta de apertura de Nicodemo para tratar de entender la propuesta de Jesús. ¿Por qué? Es lo que quiero explicarles a continuación para poner de relieve que lo que Jesucristo propone no es una experiencia religiosa o una nueva religión sino una experiencia de vida. Por supuesto que en las primeras décadas a nadie se le ocurrió pensar en el cristianismo como una religión pues se la veía como una secta del judaísmo; de ahí que Saulo de Tarso quisiera acabar con estos sectarios, que creían en Jesús de Nazareth y lo consideraban el Mesías esperado e Hijo de Dios.

 

Jesucristo nace en un pueblo, profundamente religioso, tan religioso que todos los niveles de su vida: político, social y espiritual están condicionados por su fe en un Dios, que los ha privilegiado sobre todos los pueblos de la tierra. No necesita pensar en fundar una nueva religión pues la religión ya existe; lo que él quiere es tratar de conectar esa religión, que regula prioritariamente las relaciones con Dios, con la vida de las creaturas de Dios. No es que no existiera esa relación en el judaísmo; pero se había perdido de vista la importancia de la misma.

En el Decálogo, base de la Alianza de Dios con su pueblo en el Sinaí al salir de la esclavitud de Egipto, está clara la relación hacia Dios y la relación al prójimo. Tres mandamientos regulan la primera y siete regulan la segunda. Sin embargo, se había manipulado esta legislación divina para ponerla al servicio de los intereses humanos, y se había hecho del culto el eje de su vida, tanto respecto a los sacrificios que había que ofrecer a Dios como al descanso sabático, y se había condicionado humanamente el modo de vivir los otros siete mandamientos.

 

Por ejemplo, como Jesús lo pone de relieve en algunas ocasiones, se habían manipulado las obligaciones hacia los padres mayores, se había corrompido el concepto del prójimo, se había conseguido el divorcio matrimonial en favor de los hombres, etc., se había organizado la vida religiosa en favor del hombre, haciendo de Dios un ser tan lejano y ajeno a la causa de la humanidad, que había que aplacarlo y contentarlo con incesantes sacrificios, cuya ofrenda era el quehacer exclusivo de los sacerdotes.

 

Las palabras de Dios en el profeta Isaías: “Este pueblo me honra con sus labios pero su corazón está lejos de mí”, resuenan en el corazón de Cristo. De ahí que confronte la hipocresía de los sacerdotes y fariseos; de ahí que en una arrebato de celo por la gloria de Dios, acuse a los dirigentes del Templo de convertir la casa de Dios en una cueva de ladrones, de ahí que le diga a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: “llega el tiempo en que los verdaderos adoradores de Dios, lo adorarán en espíritu y verdad”, y que le diga a Nicodemo: “tienes que nacer de nuevo”.

 

Hoy, todo cristiano debe tomar en serio estas palabras de Jesús al magistrado judío si quiere vivir el cristianismo como una experiencia de vida relevante a nuestro tiempo, a nuestra humanidad, a nuestra juventud. El hecho de que –como dije en el tema anterior- la juventud sienta alergia a las prácticas religiosas y no quiera afiliarse a ninguna de las religiones es un signo de que están abiertos, sin saberlo, al mensaje de Jesús; un mensaje de vida, el mensaje del Reino de los cielos, que es la vida en la paz, en el amor, en la solidaridad, en la justicia, en el gozo, en la equidad, en el respeto de todos los seres humanos, hijos de Dios por ser creados a su imagen.

 

Para desapegarse de la seguridad que nos dan nuestras prácticas religiosas en la Iglesia católica, prácticas con las que muchos quieren “ganarse” el cielo y los “premios” de Dios, para vivir en la gratuidad del amor a Dios y al prójimo, para vivir la fraternidad en el respeto a todos los seres humanos, necesitamos “nacer de nuevo”. Necesitamos un cambio de mentalidad y de corazón, necesitamos abrirnos a la gracia, al amor de Dios y dejarnos hacer por él, de manera que nuestra vida sea un testimonio de este amor, que nos desborda y nos empuja a amar y a servir a los demás en la vida de cada día con sencillez y con amor. Necesitamos entender que nuestro culto religioso es una forma de celebrar la vida en alabanza y agradecimiento a la admirable generosidad de Dios, que nos ha amado primero. Necesitamos entender que el culto verdadero no es una serie de prácticas religiosas prescritas por la autoridad eclesial sino fruto del agradecimiento y admiración que sentimos por Dios, admirable en todas sus creaturas y en todas sus obras, sobre todo en la historia de amor y de gracia, que ha llevado a cabo por medio de Jesucristo.

 

Nacer de nuevo, finalmente, para nosotros cristianos, significa hoy liberarnos de todo lo que sentimos obligaciones, prohibiciones y compromisos impuestos, para entregar nuestra vida a una causa semejante a la  de Jesús: la causa de una humanidad, donde todos seamos portadores de la bondad que Dios ha puesto en toda sus creaturas, de modo que nuestras “buenas obras” sean signo de la presencia de Dios y motiven a los demás a glorificarlo, sea a través de formas religiosas establecidas o de formas espontaneas de vida. La Iglesia debe sanear sus estructuras e instituciones para que su vida fluya en las comunidades cristianas, que se reúnen para alabar a Dios y fortalecer la comunión fraterna. Nacer de nuevo es dejarnos mover por el Espíritu de Jesús para vivir una vida semejante a la suya, que “pasó por el mundo haciendo el bien”.

 

¿Diremos como Nicodemo: ¿cómo un hombre viejo puede nacer de nuevo? No; para quien nace y vive en el Espíritu no existe la edad, es el hombre nuevo, que lleva en su corazón la “vida eterna”. Pero, ¿renunciaremos a todo lo que hemos hecho, progresado, luchado y sacrificado en el pasado? Si es necesario, sí, porque, como nos dice Pablo de Tarso más tarde: “lo que consideré ganancia lo tengo por pérdida a condición de tener a Cristo con la fuerza de la resurrección”.

sábado, 11 de junio de 2011

LA PROMESA


La historia de la salvación, partiendo de una promesa divina (Gn 3, 15), encuentra su verdadero o realización para nosotros en las celebraciones litúrgicas. Por ello, también la promesa encuentra en nuestras celebraciones litúrgicas su mejor lugar espiritual para realizarse.

¿Qué sentido tiene una promesa en nuestras relaciones humanas? La promesa es una afirmación de algo que vamos a hacer en favor o en contra de alguien. Y esa promesa puede ir acompaña de un juramento o de una alianza. En el tema anterior tratamos el tema de la alianza como el compromiso de Dios a cumplir sus promesas de salvación hacia su pueblo y hacia la humanidad.

Precisamente, la primera promesa de Dios –de enviarnos a Jesucristo como salvador- no tiene otra garantía que la veracidad y la fidelidad de Dios. Así vemos que también Jesús nos hace promesas, que no las avala con juramentos o alianzas sino con su palabra.

La vida de Abraham, padre de los creyentes, parte de una promesa doble: una descendencia y una tierra; la vocación de Moisés tiene como razón la promesa de liberar a su pueblo de la esclavitud; y la fuerza espiritual de los profetas es recordar al pueblo las promesas  a sus patriarcas y llamarlos a conversión para ser dignos de ellas.

La nueva etapa de la historia de salvación, que tendrá como fruto el nacimiento del Mesías prometido, parte de una promesa, la promesa hecho por el  ángel a María de parte de Dios: “Concebirás y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1, 31). Y tanto el cántico de María como el de  Zacarías recuerdan que Dios “ha cumplido las promesas hechas a sus antepasados por medio de sus santos profetas”  (Lc 1, 55.70).

Así entramos en esta nueva etapa, centrada en Jesús, la promesa hecha vida, que inicia su ministerio, no sólo “anunciando la buena nueva a los pobres” sino  proclamando  también que la promesa que Dios había hecho por el profeta Isaías se estaba cumpliendo en él (Lc 4, 17-18). Y el sermón de la montaña es una clara y repetitiva promesa de felicidad para todos sus discípulos centrada claro está en el Reino de los cielos, imagen que resume todo lo que Dios quiere y tiene para nosotros, y que se promete antes que a nadie  a los “pobres de espíritu” (Mt 5, 2-12).

Para nosotros, como decía al inicio de esta reflexión, las promesas de Dios, que son la buena nueva de salvación, realizada en Cristo, encuentran su mejor ocasión y realización espiritual a través de los sacramentos. Por ello, la Iglesia ha insistido en su última reforma de los mismos en que todos tengan su liturgia de la Palabra. Ella nos anuncia y prepara para recibir las promesas de salvación, que Cristo ha encarnado en ellos. Así en el bautismo se realiza la promesa de la innumerable descendencia hecha a Abraham y la promesa de entrar en el Reino al nacer de nuevo por medio del agua y del Espíritu (Jn 3, 5); en la confirmación se capacita al discípulo la promesa de “ser testigos” de Jesús (He 1,8) así como la promesa hecha al pueblo de Israel de darles su Espíritu para vivir según sus preceptos (Ez 36, 27); en la Eucaristía se hace realidad la promesa de la vida, esa vida que llena plenamente el corazón del hombre (Jn 6, 51-56), y su sangre se derrama por la salvación de “muchos” (Lc 22, 20).

La promesa,  como valor fundamental de la espiritualidad bíblica, tanto  del pueblo de Israel como  del nuevo pueblo de la Iglesia, nos sugiere que Dios se complace en garantizarnos y comunicarnos gratuitamente su vida, como lo ha significado al crearnos a “su imagen y semejanza” y al darnos a su Hijo “para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” (Jn 3, 16-17).
Hno. Jesús Ma. Bezunartea






jueves, 5 de mayo de 2011

ALIANZA

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA – 2

Después de explicar en el tema primero el sentido y relación que tiene con nosotros en la Iglesia la historia de salvación realizada por Dios a favor de su pueblo en el Antiguo Testamento, vamos a tratar en temas sucesivos los valores principales de la espiritualidad bíblica, tratando de proyectar o incluir su relación con la espiritualidad cristiana en el Nuevo Testamento.

ALIANZA
Las alianzas o pactos, que Dios realiza con el pueblo elegido o con personajes importantes del mismo, son una constante en su historia, como la afirmación y empeño de Dios por llevar adelante la historia de salvación, que se inicia con la creación.

Desde que el hombre se rebela contra  su condición de creatura y acepta la propuesta seductora de “ser como Dios” (Gn 3, 5), escuchamos la primera promesa con la que Dios se compromete a favor del ser humano, compromiso unilateral de redención o liberación de esa condición de engaño y desgracia en que se ha dejado sumir ingenuamente: “Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: Pondré enemistad en ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella te herirá en la cabeza pero tú sólo herirás su talón” (Id. 3, 14-15).

La maldad de la raza humana  sigue adelante hasta el punto de colmar la paciencia divina, que lo expresa el mismo libro en las siguientes palabras: “Al ver el Señor que crecía en la tierra la maldad del hombre y que todos sus proyectos tendían siempre al mal, se arrepintió de haberlo puesto sobre la tierra. Y, profundamente afligido, dijo: Borraré de la superficie de la tierra a los hombres que he creado: a los hombres, a los animales, reptiles y aves del cielo, pues me arrepiento de haberlos creado. Peor Noé obtuvo el favor del Señor” (Id 6, 5-8). Y se cuenta a continuación el caos del diluvio y cómo Dios preservó la raza humana por medio de Noé. Cuando todo terminó y “Noé salió del arca con sus hijos, su mujer y sus nueras, levantó un altar al Señor y, tomando animales puros y aves puras de todas las especies, ofreció holocaustos sobre él. El Señor aspiró el suave olor y se dijo: “No maldeciré más la tierra por causa del hombre, porque desde su juventud la inclinación del corazón humano es perversa; jamás volveré a castigar a los seres vivientes como lo he hecho” (Id 8, 18-21). Y sigue el autor sagrado describiendo cómo Dios rehace sus promesas de prosperidad para el ser humano y les encarga “crecer y multiplicarse, llenar y dominar la tierra” (Id 9, 1-7) como lo había dicho a Adán y Eva, y a continuación se cuenta sobre la alianza con la que Dios se compromete: “Siguió hablando Dios a Noé y a sus hijos: Voy a establecer mi alianza con ustedes, con sus descendientes y con todos los seres vivos que los han acompañado…Ésta es mi alianza con ustedes: ningún ser vivo volverá a ser exterminado por las aguas del diluvio, ni tendrá lugar otro diluvio que destruya la tierra. Y continuó Dios: ésta es la señal de la alianza, que establezco para siempre con ustedes y con todos los seres vivos, que los han acompañado: pondré mi arco en las nubes; esa será la señal de mi alianza con la tierra” (Id 9, 8-17).

La siguiente alianza que Dios va a hacer es con Abrán. El famoso personaje, con quien Dios va a iniciar la historia del pueblo elegido, ha recibido las promesas de Dios de darle una tierra próspera y una descendencia numerosa, pero el tiempo va pasando y Abrán comienza a impacientarse por lo cual Dios le pide unos animales, que se van a sacrificar  según las costumbres de aquella tierra. Dios pasa por en medio de las víctimas en forma de “fuego humeante y antorcha encendida” y consumió los animales, y “aquel día hizo el Señor una alianza con Abrán” (Gn 15, 1-18). La alianza de compromiso divino  con Abrán se ratificará más adelante con el signo físico de la circuncisión, tal como se dice más adelante: “Esta es la alianza que hago contigo: tú llegarás a ser padre de una muchedumbre de pueblos. No te llamarás ya Abrán sino que tu nombre será Abraham, porque yo te hago padre de una muchedumbre de pueblos. Y el Señor añadió: Guardarás mi alianza tú y tus descendientes de generación en generación. Esta es mi alianza que establezco con ustedes y con sus descendientes y que deben observar: circunciden a todos los varones. A tu mujer Saray ya no la llamaras Saray sino Sara” (Gn 17, 4-15).

Damos un salto de siglos hasta que aparezca de nuevo el concepto de la Alianza en la relación de Dios con su pueblo escogido, que ha vivido varios cientos de años en la esclavitud de Egipto. Una vez que son liberados y cuando ya se acercan al monte Sinaí, Moisés subió al encuentro de Dios y el Señor le dijo: “Ya han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído hacia mí. Ahora bien, si me obedecen fielmente y guardan mi alianza, ustedes serán el pueblo de mi propiedad entre todos los pueblos, serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa. Cuando Moisés llamó a los ancianos y les comunicó lo que el Señor le había  ordenado,
todo el pueblo respondió unánimemente: Nosotros haremos todo lo que el Señor ha dicho”(Ex  19, 4-8). En el siguiente capítulo Dios le da el Decálogo, expresión de la voluntad de Dios y del compromiso del pueblo (Id  20, 1-17).

Y la historia del pueblo escogido tendrá como punto de referencia de su orgullo nacional las alianzas que Dios hizo con sus padres, pero ese mismo recuerdo de la alianza será el reclamo constante de los profetas llamándonos a la fidelidad.

Tendrá que venir el Siervo de Yahvéh, Jesucristo, para hacer la renovación definitiva de la alianza en su propia sangre, derramada en su pasión y muerte, cuyo valor redentor definitivo reconoce  san Juan cuando escribe: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo para que todo el que crea en él tenga vida eterna” (Jn 3, 16). Recordamos las palabras del mismo Cristo reconociendo este valor de alianza que tiene su misterio pascual de muerte y resurrección: “Tomó luego el cáliz y, después de dar gracias, lo dio a los discípulos diciendo: Beban todo de él, porque ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que se derrama por todos para el perdón de los pecados” (Mt 26, 27-28).

Concluyendo, la alianza es la expresión de la voluntad salvadora de Dios a través de toda la historia de salvación. Es fruto, por tanto, de la iniciativa salvadora de Dios desde el primer pecado de la humanidad hasta Jesucristo, que en la Eucaristía nos deja el memorial de una alianza eterna para que, bebiendo del cáliz de su pascua, aceptemos la gracia salvadora de la misma y podamos corresponder a ella.

lunes, 4 de abril de 2011

ESPIRITUALIDAD BÍBLICA

Entre las diversas ramas de la teología una de las más importantes es la teología espiritual, ya que ésta trata de encarnar en la vida del creyente sus dogmas de fe o de dar sentido a las normas y mandamientos que pueden guiar su vida.

Todo lo que nosotros podemos saber sobre la Palabra de Dios o la Historia de salvación debe tener un punto de discernimiento para evaluar su validez y éste es el modo cómo lo hacemos realidad. La Biblia nos habla de muchos personajes, a través de los cuales se hace vida la salvación que Dios ofrece a la humanidad. Ellos tienen principios y valores que los guían  en dar una respuesta adecuada a la misión que Dios les encomienda.

Esos principios y valores constituyen una cultura bíblica, que se va purificando y enriqueciendo a medida que Dios se va revelando en la historia de la humanidad. A este conjunto de principios y valores, a esa como cultura bíblica la llamamos espiritualidad bíblica , que incluye matices diferentes, a veces muy diferentes, en el Antiguo y en el Nuevo testamento respectivamente.

En este espacio queremos ir presentando los rasgos espirituales de esta cultura bíblica; los del Antiguo Testamento porque son la base de todo lo que viene a “cumplirse” en el Nuevo, y los del Nuevo porque son el modo como Cristo nos describe su propia espiritualidad, que da el contenido real a toda la historia de salvación.

En general, lo que estudia  un tratado bajo el título de espiritualidad o teología espiritual es el desarrollo de la vida espiritual de una persona que profesa una forma de religiosidad o de relación con Dios o con lo sobrenatural. Esa vida espiritual es el paralelo de la vida corporal: lo que supone la vida corporal para el cuerpo es la vida espiritual para el espíritu. Porque nuestra vida está compuesta de cuerpo y espíritu y, en palabras textuales de san Juan, “el espíritu es el que da la vida, la carne no tiene nada que ofrecer” (Jn 6, 63).

Sin embargo, no podemos confundir el cuerpo, como conjunto o sede de las pasiones que están en lucha con el espíritu, en otras palabras de san Pablo, (Rm 8, 7) con el cuerpo como sede de las facultades más nobles del ser humano: inteligencia y voluntad. En efecto, la vida del cuerpo está en función de la vida del alma, el cuerpo está en función del espíritu, pero también es verdad que “la gracia trabaja con la naturaleza”: si la naturaleza humana de una persona no tiene un control o ejercicio normal de sus facultades, la acción de la gracia estará mermada  o anulada en ella.

Partiendo de estos conceptos básicos, iremos presentando algunos principios y valores que dan sentido a la vida espiritual del creyente del Antiguo Testamento y al del Nuevo Testamento, considerando las palabras  de san Pablo al referirse al Antiguo Testamento como “ejemplo  para nosotros y para que no ambicionemos lo malo como lo hicieron ellos” (I Cor 10, 6). Pero también el Antiguo Testamento nos ofrece “una gran nube de testigos” que con su misma vida, en muchos caso, y con su martirio, en otros, nos dan ejemplo de fe y perseverancia en la práctica del bien (Hbr 11, 32-40; 12, 1).
Hno. Jesús Ma. Bezunartea